15 de octubre de 2008

Skate Park Parque los Reyes: el lugar de encuentro de los amantes de las ruedas

Desde protestas en el frontis de La Moneda hasta la inauguración con Raúl Alcaíno, los skaters han logrado apoderarse del centro de Santiago.


En medio del Centro Deportivo Parque de los Reyes -ubicado en Balmaceda con Bulnes, Santiago Centro- se encuentra un cráter de cemento: el Skate Park, inaugurado en abril de este año por el alcalde de la comuna, Raúl Alcaíno.
La iniciativa se concretó luego que, en mayo de 2005 y apoyados Chile Deportes, 1500 skaters marcharan a La Moneda en busca de un lugar para entrenar. Luego de diversas negociaciones con el alcalde, el director de Área Urbana y el Intendente de Santiago, se construyó en donde antes funcionaba el Mercado Persa.

Según Jorge Salazar, uno de los cuidadores del parque, el recinto es gratuito y lo visitan aproximadamente 300 personas al día; además, está abierto de lunes a domingo de 10 de la mañana a 11 de la noche, horario que utilizan los skaters para realizar sus acrobacias en patineta.

Luis Mendoza, un practicante que se encontraba en el lugar, describe la pista en términos técnicos: La cancha mide dos hectáreas aproximadamente, y está dividida en dos partes: street, que está compuesta por escaleras y pasamanos; y bowl, usada para saltos con velocidad.

Mendoza se refiere además, que el espacio se ha utilizado en diversas oportunidades en torneos y presentaciones. Hace unos meses, se efectuó una muestra de skate: “Vans Off the Wall Tour 2008”, que trajo a Chile a diversos exponentes de esta disciplina.

El Skate Park es el primer espacio construido exclusivamente para esta actividad. Antes de su inauguración, los aficionados eran increpados y sacados de las calles por las autoridades.

Sin embargo, un grupo de seis jóvenes en pequeñas bicicletas observa desde lejos; se trata de los bikers. Pero tal como lo establecieron los organizadores, la entrada a ellos no está permitida ya que realizan sus saltos a mayores velocidades, lo que hace incompatible ambas prácticas. Aún así, los mini-ciclistas rodean las instalaciones la mayor parte del tiempo.

13 de octubre de 2008

“La cuenta, por favor”

No hay nada más reconfortante que la vida social. Nos hace olvidar el ritmo agitado de la rutina semanal. Aquello que nos mantenía estresados puede desaparecer con tu grupo de amigos y un pub que permita la diversión al máximo.
Me encanta el karaoke. Puede que no sea un ejemplo para a mi generación –que prefieren bailar o beber clandestinamente-, pero quienes me conocen saben que no existe otro lugar que reúna las características ideales de felicidad. Según un punto de vista muy personal, mi climax placentero ocurre con la risa, y en general, ésta se obtiene del acto vergonzoso de un tercero que provoca ridículo frente a una determinada situación. Y esto es justamente lo que provoca este tipo de establecimientos: la pérdida de pánico escénico, la vergüenza ajena, el horror de una voz desafinada y grupos de espectadores cantando el éxito del momento o el clásico de los ’80.
Todos estos ingredientes, unidos a un buen happy hour, pueden ser mi definición de una fiesta. Sin embargo, luego de releer artículo de Joseph Pieper varias dudas me han abatido. ¿Realmente encontramos la alegría en una festividad? ¿Es un momento de euforia social o una forma de escapar de los problemas diarios? ¿Cómo puede existir un aguafiestas que quiera quitarme las ganas de salir a divertirme?
De tanto reflexionar empecé a buscar, irremediablemente, el lado negativo de mi salida favorita. Y es verdad, nada puede ser perfecto. Cuando insistía por días enteros a mis amigos, jamás pensaba si para ellos salir a cantar era una dicha o una obligación. Mi personalidad impulsiva puede jugar en contra cuando sale a flote la egoísta-ingenua, es decir, la amiga que sólo vela por sus propios intereses y no intuye el posible desgano del resto de los participantes. Con lo anterior, le daría la razón a Nietzsche: “Lo difícil no es celebrar una fiesta, sino encontrar quienes se alegren con ella”.
Sin embargo, a nivel individual existe una razón de peso para que la fiesta pierda su esencia primera, y ocurre contrariamente en el último momento de ésta: al pedir la cuenta. Las intenciones podrían haber sido las mejores y los invitados haberse divertido en grande. Pero cuando ya quieres volver a casa y descansar de la agitada noche, el garzón lleva a la mesa el precio que debes pagar por la memorable estancia. Aquí es donde empieza el arrepentimiento de la diversión. Gastar el esfuerzo de trabajo de una semana (a veces más) en una sola cuota de gozo que duró unas horas. Dividir el consumo que fue más extenso de lo presupuestado, incluso ayudar a quien no le alcanzó, más propina. No me quejo, todo se mide a través de costo versus beneficio. El problema es darse cuenta tarde de que perdiste más de lo que ganaste.

Si Pieper tiene razón y la fiesta sólo es la perdida de productividad laboral, entonces sólo existiría una sola forma eficiente de celebrarlo a nivel individual. Para mí, sería durmiendo una siesta interminable bajo el sol de una tarde de primavera. Es lo único que no tiene precio.
© Fumando un café - Blogger Sablonlari - Editado por Nattalia Sarria