No hay nada más reconfortante que la vida social. Nos hace olvidar el ritmo agitado de la rutina semanal. Aquello que nos mantenía estresados puede desaparecer con tu grupo de amigos y un pub que permita la diversión al máximo.
Me encanta el karaoke. Puede que no sea un ejemplo para a mi generación –que prefieren bailar o beber clandestinamente-, pero quienes me conocen saben que no existe otro lugar que reúna las características ideales de felicidad. Según un punto de vista muy personal, mi climax placentero ocurre con la risa, y en general, ésta se obtiene del acto vergonzoso de un tercero que provoca ridículo frente a una determinada situación. Y esto es justamente lo que provoca este tipo de establecimientos: la pérdida de pánico escénico, la vergüenza ajena, el horror de una voz desafinada y grupos de espectadores cantando el éxito del momento o el clásico de los ’80.
Todos estos ingredientes, unidos a un buen happy hour, pueden ser mi definición de una fiesta. Sin embargo, luego de releer artículo de Joseph Pieper varias dudas me han abatido. ¿Realmente encontramos la alegría en una festividad? ¿Es un momento de euforia social o una forma de escapar de los problemas diarios? ¿Cómo puede existir un aguafiestas que quiera quitarme las ganas de salir a divertirme?
De tanto reflexionar empecé a buscar, irremediablemente, el lado negativo de mi salida favorita. Y es verdad, nada puede ser perfecto. Cuando insistía por días enteros a mis amigos, jamás pensaba si para ellos salir a cantar era una dicha o una obligación. Mi personalidad impulsiva puede jugar en contra cuando sale a flote la egoísta-ingenua, es decir, la amiga que sólo vela por sus propios intereses y no intuye el posible desgano del resto de los participantes. Con lo anterior, le daría la razón a Nietzsche: “Lo difícil no es celebrar una fiesta, sino encontrar quienes se alegren con ella”.
Sin embargo, a nivel individual existe una razón de peso para que la fiesta pierda su esencia primera, y ocurre contrariamente en el último momento de ésta: al pedir la cuenta. Las intenciones podrían haber sido las mejores y los invitados haberse divertido en grande. Pero cuando ya quieres volver a casa y descansar de la agitada noche, el garzón lleva a la mesa el precio que debes pagar por la memorable estancia. Aquí es donde empieza el arrepentimiento de la diversión. Gastar el esfuerzo de trabajo de una semana (a veces más) en una sola cuota de gozo que duró unas horas. Dividir el consumo que fue más extenso de lo presupuestado, incluso ayudar a quien no le alcanzó, más propina. No me quejo, todo se mide a través de costo versus beneficio. El problema es darse cuenta tarde de que perdiste más de lo que ganaste.
Si Pieper tiene razón y la fiesta sólo es la perdida de productividad laboral, entonces sólo existiría una sola forma eficiente de celebrarlo a nivel individual. Para mí, sería durmiendo una siesta interminable bajo el sol de una tarde de primavera. Es lo único que no tiene precio.
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