Suele ocurrir cada vez que me toca un tema del que poseo conocimiento nulo (lo que es bastante frecuente dada mi irónica postura ante la vida: "seré más feliz en la medida que sepa menos"). Pero esto se acrecienta en aquellas llamadas desesperadas, esas que ocurren cuando un alma caritativa tuvo la deferencia de entregarte aquel contacto que nunca pensaste obtener. Esto, sumado a la carencia total de investigación previa, se convierten en la mezcla perfecta entre no saber qué hacer ni qué decir cuando ese importantísimo entrevistado contesta la llamada después de varios tuuuuut.
Mi experiencia, creo, es valorable. Antes de intentar el clásico chamulleo chilensis, en que creemos que la verborragia de lugares comunes del estudiante de periodismo da resultado, yo prefiero de buenas a primeras confesar mi idiotez crónica y probar la reacción de mi escucha. Afortunadamente -hasta ahora- no he recibido un tuut-tuut-tuut como respuesta, lo que creo bastante positivo. Y es que muchas veces, reconocer las neuronas consumidas puede generar cierta empatía con quien te escucha al otro lado del auricular. Si tienes suerte, querrá incluso hablar con lujo de detalles cada uno de los aspectos para intentar que uno entienda un poco de lo que se está tratado el asunto. De esta manera no sólo obtienes excelentes cuñas, sino que -por obligación- tienes que poner atención a cada detalle que dice (lo que al entrevistado le encanta también, por cierto).
Por eso estimados, mi consejo es y será siempre el siguiente: SIEMPRE reconócele a tu fuente -y desde un principio- que eres estúpido(a), antes que ellos lo descubran por sí mismos y terminen colgándote el teléfono.




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